24 de junio de 2012

Vení


Te ruego sin parsimonia, sin excusas ni sofismas.
Te imploro desde la oscuridad de las intenciones
que desconozco y me determinan;
sobre la roca fría de mi egoísmo civilizado;
antes y después de toda lógica para explicarte;
más allá de que decidas responder
como un sopapo o una lenta sedimentación:

vení.

Despertame a la felicidad que es conocer tu mano,
ser hombre por ochenta años o menos,
esperar la muerte como un consuelo,
vencer el temor desde la nobleza cotidiana
de los mortales frágiles.

Extirpá esta angustia
que duerme tan cerca de todo lo que amo y espero.
Destetame la vida
de todas la ubres de leche agria.
Vida; lléname de vida
y palpitaciones intensas de verano libre.
Abrí mis ojos
a la incesante e inmensa realidad
de tu belleza sin explicaciones.
Refrescame la boca
para redescubrir el sabor íntimo
de los seres humanos.
Clavá una estaca
sobre el desierto que habito,
el único hogar que sé habitar.
Llená mi espíritu
de extremidades y sentidos
para absorber lo real,
para habitar lo temporal,
para que valga la pena el esfuerzo que hiciste
cuando construiste los músculos
que me hacen sonreír.


El árbol prohibido no cumplió,
como siempre supiste,
ninguna de mis expectativas.
Desnudo de los pies a la mente,
intentando cubrirme la vergüenza con hojas de literatura,
vuelvo a esconderme en un bosque de símbolos.

Enviá las espadas de fuego
si es necesario,
quemá las promesas que amo,
enviame lejos. Pero
vení conmigo.

23/06/2012

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