20 de diciembre de 2011

La virgen que lo parió. Una escena de Navidad

En el interior del interior de un país insignificante, en medio del olor de vacas, ovejas y pastores ignotos, bajo el yugo de servidumbre a la Roma decadente, nace Dios. María grita mientras puja y puja. Cristo ingresa al mundo por las puertas de la sangre, la fuerza y un desbocado chillido que retumba en las órbitas cavernosas. Forcejeos. Horribles miedos consejeros en las temblorosas piernas como puentes; las intrigas y la duda de la vida o lo desconocido o lo definitivo. El estómago como un globo enorme, tambaleándose, contrayéndose y simulando un estremecimiento final para luego renacer en golpes de puño y nuevos recrudecimientos. Toda la cara hecha sudor y nervios. Pulsión de músculos debatiendo; arrugas de gozo, comisuras caídas por el quebranto, lágrimas rituales y encías abdicando hacia lo profundo. Testigos emplazados junto al altar de la creación, como peces o ramas o alimentos. Irradiar; la iridiscente superación del umbral uterino. Pequeños dedos de un pie minúsculo avanzando hacia lo nuestro, pateando el destino de la desesperanza, el abandono y la paranoia de la leche desparramada en pleno desierto. Una carne roja emergiendo débil, indefensa; la inocencia de un golpeteo seco e inmediatamente, sobre los ahogos, un grito de paz.

Algunas manos se ciernen en el espacio lleno de pujas y verdades indisolubles para asistir al rústico duelo en el que Dios y el hombre, lo primitivo y lo final, las garras y el desasosiego, los brotes y la hoz, Adán y Eva y sus descendientes y el futuro de todos se entrecruzan en el saludable hábito carmesí de vencer la muerte desde la sangre... vencer la muerte desde la sangre... vencer la muerte desde la sangre... como el Cristo nos enseñó otra vez.

Tengo entre las manos el retrato de un Dios tan moderno como mis dedos, un Dios que se parece poco a los estereotipos y rompe los cristales de nuestra soledad. Si Cristo viniera hoy sería keniata, servio, boliviano o vietnamita; se parecería tanto y tan poco a mí y a mis prójimos que nos dejaría entre la incredulidad, la fascinación y el desencanto; deconstruiría a Derridá, desafiaría a Bush, usaría parábolas de la cultura de masas; estaría rodeado de las personalidades pero dormiría en las favelas; no defendería partidos ni sectores ni siglas; protegería a los desclasados, a los que son escupidos y a los que se crucifica a diario. Saldría a menudo en las noticias acusando a la prensa de olvidar a los mártires de China, de levantar la bandera de los vampiros y hacer que tantos inseguros consuman hasta quedar anoréxicos por dentro.

Si Cristo volviera hoy, tendría una fragilidad misteriosa, una fuerza descomunal recluida en un rostro de amor. Sería como ese niño que nace en las periferias y sin embargo controla el universo. Sería como ese adulto que se deja crucificar y sin embargo la muerte no puede vencerlo. Sería como ese espacio vacío que ahora mismo te grita desde adentro y sin embargo deja que seas vos quien le ponga palabras y amor y contacto a una Navidad llena de consumo.

Dios quiere nacer en tu corazón... y vos sos el dueño del pesebre.

23/12/08

2 comentarios:

Leónidas Ateneo dijo...

Bello en gran manera. Tan cierto... "Dios quiere nacer en tu corazón...y vos sos el dueño del pesebre." Amén (Qué así sea.)

Alexandru Ichim dijo...

Qué lindo volver a leerlo, Lucas.